Opinión Diciembre 02, 2016

Los problemas del tránsito

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Calle Mendoza 1910, los autos ya estacionaban alrededor de la plaza 25 de mayo, en la foto se ve El Palacio Episcopal. Foto publicada en el libro El San Juan Que Ud. no conoció de Juan Carlos Bataller.

La calidad de vida no siempre es una cuestión de dinero.

San Juan enfrenta una serie de problemas que es necesario ir resolviendo sino queremos que cada día influyan más en el deterioro de nuestras vidas.

Uno de esos problemas es el del tránsito.

Digamos que el tránsito en San Juan siempre fue un problema.

Lo curioso es que nunca se lo haya enfrentado como un problema real y concreto. Siempre ha sido motivo para que se aprovechara el caos para designar gente, cobrar multas, utilizar grúas, lotear las calles y hacer algún anuncio con sentido electoralista.

¿Cuándo comenzaron los problemas del tránsito en la ciudad?

Sencillamente, cuando llegaron los automóviles.

Le propongo que lea esta nota.

Cuenta Isabel Gironés –una de las historiadoras más lúcidas que tuvo San Juan- que la generalización del automóvil, desde la década de 1920 en adelante, planteó un verdadero problema a las autoridades de la vieja ciudad. Calles estrechas y sin ochavas provocaban continuamente accidentes, fundamentalmente en el radio céntrico, sucediéndose las ordenanzas sobre velocidad máxima 30 kilómetros, uso de “claxon”, distancia de diez metros entre automovilistas, conservación de la “mano”, indicación del conductor al doblar, etc. Y finalmente la aparición de los agentes de tránsito o “varitas” e inspectores para infracciones.

A principios del treinta ya funcionaba esta especie de policía de faltas, terror de los jóvenes y de las damas que comenzaban a ser usuarias masivas del automóvil.

Una nota peculiar, fue la aparición de una columna permanente en los periódicos locales de 1930, que luego desapareció, titulada “Inspección de Tráfico”. Ella comunicaba día a día la lista de infractores y aunque sin nombres, que por otra parte no eran necesarios en el pueblo chico, mostraba las principales contravenciones que se habían cometido:

A fines de 1936 se instalaron las primeras garitas en las esquinas de la capital, hecho que fue festejado jocosamente por el humor popular, calificándolas como “jaulas para iviñas”; siendo consideradas ceremoniosamente por las autoridades como símbolo de adelanto urbanístico a nivel de las grandes ciudades.

Peor fue aún cuando en febrero de 1938 se les dotó a los agentes de tránsito de uniforme de verano, con chaqueta blanca y sombrero aislante, entonces fueron “varitas disfrazadas de primera comunión”. Para 1937 la gestión municipal debió extremar las medidas de contralor y sanciones debido a la cantidad de accidentes y la presión de la prensa. La verdad es que la situación del micro centro era caótica, las calles centrales, aún sin pavimento se habían convertido en playas de estacionamiento de ambos lados, lo que dificultaba enormemente la circulación formando grandes colas, bocinazos y disputas en más de una ocasión.

“El estacionamiento de vehículos a uno y otro lado de la calle, en las que circundan la Plaza 25 de Mayo y sus adyacentes constituyen un gravísimo peligro para los demás vehículos y para el tránsito de peatones dado la estrechez de aquellas. El riesgo se advierte más frente a los hoteles, cinematógrafos y confiterías, donde en las horas de la tarde y de la noche se acumulan un enorme número de automóviles cuyo estacionamiento hace, en muchas ocasiones, imposible el tránsito.

Debe encararse el problema con espíritu igualitario. Todos deben estar sujetos a las mismas obligaciones. Las exenciones, además de odiosas, postergan la solución anhelada y sembraran mayor anarquía si cabe, en este asunto”.

El párrafo trascripto resulta por sí mismo lo suficientemente ilustrativo para más comentarios.

El problema principal se producía en la noche, cuando cesaba el horario de los inspectores municipales, allí era cuando los automovilistas y ciclistas se sentían dueños de libertad absoluta para circular y estacionar, pues los servicios de la Dirección de Tránsito cesaban a la una de la mañana. Luego de esa hora no existía control de “mano y contramano” en la ciudad, inclusive estaba permitida la doble circulación.

“Por comodidad mientras se entrega al reposo los sanjuaninos abandonan en la calle los automóviles, con la seguridad que han de encontrarlo al día siguiente frente a la puerta. Se ahorraron así la molestia de guardarlo en el garaje o de tener que ir a retirarlo. La calle —piensan o proceden como si tal pensaran— es de todo el mundo, y deducen de esa premisa un derecho ilimitado, que faculta a cada uno para hacer lo que quiera en la vía pública… ya crean una serie de dificultades para los obreros municipales que realizan la limpieza de barrido y riego de las calles mientras la ciudad duerme. En ese espacio que ocupan los vehículos abandonados esa necesaria higienización de las arterias urbanas, no puede hacerse…

Nuevos inconvenientes se presentaron con la aparición masiva de las líneas de ómnibus. Buscando los recorridos más lucrativos las líneas de transporte de pasajeros convergieron en las cuatro calles principales: Rivadavia y Mitre (de este a oeste) y Mendoza y General Acha (de norte a sur), perturbando aún más la congestión en horarios comerciales, con sus paradas para recoger pasajeros. Fueron inútiles todas las tratativas para llevar los circuitos a calles menos céntricas, las empresas llegaron hasta el paro del servicio para mantener sus líneas en las calles centrales, aceptando, a fines de la época, una estación terminal proyectada en el Plan Regulador que nunca llegó a concretarse.

Dado que los conductores desarrollaban más velocidad, al frenar se producían desplazamientos de los vehículos en forma diferente al enripiado a los viejos adoquines. La primera víctima del pavimento ocurrió el 7 de marzo de 1938, desgraciadamente un niño, atropellado por un desaprensivo conductor que huyó sin ser identificado.

Para 1942 San Juan encabezaba el triste record de los accidentes de tránsito en relación con los habitantes, la estadística luctuosa establecía que durante el año habían muerto veinticuatro personas y trescientas cuarenta habían resultado heridos en accidentes de vehículos en la vía pública.

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SOBRE EL AUTOR

Acerca de Juan Carlos Bataller
Juan Carlos Bataller es periodista.
Preside la Fundación Bataller y conduce desde 2.002 el programa televisivo La Ventana que se emite de lunes a viernes en horario central por Telesol.
Además es columnista de El Nuevo Diario, medio que creó en 1.986 y director general de Bataller Contenidos.
Autor de una decena de libros, algunos de ellos premiados nacionalmente, fue secretario de Redacción y corresponsal en Italia y el Vaticano de Diario Clarín de Buenos Aires y redactor de Diario de Cuyo.
Participó, además en varios programas televisivos y radiales en San Juan, donde reside.
Declarado Vecino Ilustre de la Ciudad de San Juan, Juan Carlos ha recibido numerosas distinciones nacionales y provinciales y muchas de sus obras han sido declaradas de interés provincial.
Hincha de River, fanático de San Juan, coleccionista de historias y amante de sobremesas con gente inteligente, Bataller es técnico minero y pasó por las aulas de Ingeniería y Derecho antes de enamorarse de la profesión de periodista, un "metejón" que ya superó las cuatro décadas.

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