Opinión Agosto 12, 2016

Nada debe ser gratis…

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Dibujo Miguel Camporro

Siempre pensé que a nadiepuede dejarse desamparado.

Pero el peor favor que se le hace a una persona es darle todo gratuitamente.

Cuando eso ocurre se va construyendo una cultura nefasta, que será imposible erradicar.

Es más positivo darle dos vacas a una escuela para que todos los días los niños tengan leche que donarles la leche.

Es mejor entregar semillas para que hagan una huerta que repartir comida.

Es preferible exigir como prestación un trabajo comunitario o la recapacitación laboral que regalarles dinero.

Estamos de acuerdo con la erradicación de villas que se habían transformado en sitios impenetrables.

Pero también coincidimos con quienes piensan que las entregas de casas nuevas a esa gente debe ser acompañada con una política que los haga volver a la cultura del trabajo, que de alguna forma paguen las casas que reciben, que se combata en serio la delincuencia.

Si combinamos la casa gratis más dos o tres planes sociales más bolsones de mercadería más robo de electricidad y señal de cable más no pago de ningún tipo de impuestos… bueno, es más negocio tener todo eso que un empleo.

Cuando mi padre iba a cumplir 80 años le pedí escribiera sobre recuerdos de su niñez y su juventud.

Descubrí no sólo a buen escritor, dueño de una memoria prodigiosa sino también una asombrosa capacidad para describir imágenes y situaciones.

Esos escritos representan la historia de los años 20 y 30 en San Juan, cuando los inmigrantes y sus hijos construían una provincia pujante.

Y bien, releyendo los escritos de mi padre encontré muchas respuestas a inquietudes que hoy nos atormentan.

Quizás a usted le ayuden, como a mÍ.

"Los dominios de mi madre estaban en la casa. Un cuarto de hectárea para las numerosas gallinas que tenía, entre 50 y 100 y un montículo de tierra en el centro, donde se reproducían los conejos. Todo protegido con alambre tipo gallinero hasta 1,80 de altura.

Cercano al gallinero, hicieron un chiquero que albergaba varios chanchos y muchos lechones. Había, además, una pequeña laguna donde se criaban patos.

Frente al chiquero, otra media hectárea con árboles frutales y huerta, donde no faltaban granadas, duraznos chatos o tomate, peras, olivos, damascos y membrillos.

En la huerta se sembraba de todas las verduras comibles.

Desde repollos hasta coliflores, rabanitos, cardos, acelgas, espinacas, lechugas, apio, zapallos, pepinos, nabos, habas, zanahorias, espárragos, en fin, de todo... en un bordo que no tendría más de 30 o 40 metros.

Luego venían los dominios de mi padre y mis hermanos, que se extendían y cuyo producido se destinaba a la venta: sandías, melones, tomates, papas, cebolla.

Como la propiedad era chica y aún faltaba rebajar un gran médano, se arrendaban tierras para aumentar la superficie cultivada.

Cuando llegamos era tierra virgen y lindando con las estancias. Comenzaron cortando chañares, algarrobos, talas, zampas, jarillas y desmalezando.

Todo se hacía con hacha, azadón, pala y barreta.

Una vez desmalezado, había que nivelar.

Los recuerdo nivelando con agua y rastrón, tirado por un caballo. Para ese menester había dos percherones con fuerza descomunal y un caballo criollo al que llamábamos Noble, de gran porte. Mi delicia era montarlo.

Los feudos de mi madre eran reducidos pero con una actividad de colmena. Nadie que estuviera a su alrededor descansaba. Ella marcaba las pautas con su incansable laboriosidad.

Al aclarar todo el mundo estaba de pie y al despuntar el sol, todos trabajando. Mi madre tenía de ayudante a mi hermana y una sirvienta (así se llamaba en esos años) y de cachiche a mí, con tareas acordes a mi edad: recoger huevos; alimentar chanchos, recoger fruta. A los siete años ya era todo un hombrecito. Porque además, debía ordeñar la vaca y... amasar una vez por semana.

Normalmente en casa se hacían las compras anualmente, luego de vender la cosecha.

Nuestra despensa estaba bien provista pues a las compras indispensables -azúcar, sal, harina, aceite de oliva, bacalao, te, café, yerba-, se agregaba lo que producía mi madre.

Es su despensa había dulces y mermeladas, aceitunas en damajuanas.

Pero también chorizos, lomos de cerdo, costillares, blanquillos para puchero y pollos y martinetas fritas. Todo en latas de veinte litros, bien acomodadas y cubiertas con grasa de cerdo muy blanca para no dejar huecos.

En casa se amasaba y se hacía el pan y las pastas. De la propiedad salía la leña, los huevos, las frutas y verduras y hasta el vino y el jabón.

En el campo se cenaba temprano. Había que aprovechar la luz del día.

Los hombres hacían rueda y conversaban sobre las labores del día o preparaban herramientas mientras mi madre y mi hermana lavaban los utensilios de cocina o cosían o zurcían medias o ropa.

Mi padre y mis hermanos eran de trabajar de sol a sol, de lunes a sábado y hasta el domingo, cuando tocaba el turno de agua.

Cuando volvían de sus labores venían bañados en transpiración y tierra. El colesterol no se conocía... sudaban la camiseta”.

Hasta aquí las memorias de mi padre. He tratado de resumir al máximo esa visión de un niño de siete años, que aún no concurría a la escuela, cuyos padres eran semianalfabetos y en cuya casa, ubicada en pleno campo, aún se hablaba el valenciano.

Pero ese niño se estaba criando en una cultura del trabajo.

Y una provincia, donde la presencia del Estado era casi inexistente y cada uno estaba librado a sus fuerzas, crecía en forma imparable.

Muchas cosas cambiaron con los tiempos.

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SOBRE EL AUTOR

Acerca de Juan Carlos Bataller
Juan Carlos Bataller es periodista.
Preside la Fundación Bataller y conduce desde 2.002 el programa televisivo La Ventana que se emite de lunes a viernes en horario central por Telesol.
Además es columnista de El Nuevo Diario, medio que creó en 1.986 y director general de Bataller Contenidos.
Autor de una decena de libros, algunos de ellos premiados nacionalmente, fue secretario de Redacción y corresponsal en Italia y el Vaticano de Diario Clarín de Buenos Aires y redactor de Diario de Cuyo.
Participó, además en varios programas televisivos y radiales en San Juan, donde reside.
Declarado Vecino Ilustre de la Ciudad de San Juan, Juan Carlos ha recibido numerosas distinciones nacionales y provinciales y muchas de sus obras han sido declaradas de interés provincial.
Hincha de River, fanático de San Juan, coleccionista de historias y amante de sobremesas con gente inteligente, Bataller es técnico minero y pasó por las aulas de Ingeniería y Derecho antes de enamorarse de la profesión de periodista, un "metejón" que ya superó las cuatro décadas.

SOBRE EL BLOG

Periodismo y algo más
No hay dudas que el periodista es un historiador del futuro. En las filmaciones, grabaciones y escritos de hoy hurgarán dentro de algunas décadas jóvenes intelectuales apasionados que intentarán explicar la historia de estos años.
Pero atrás de lo que se escribe o dice, hay miles de historias, anécdotas y aspectos de la vida cotidiana que seguramente estarán ausentes de las futuras crónicas por el simple hecho de que nadie las contó.
Unir las opiniones y entrevistas a la historia menuda es lo que se propone este blog “Bataller intimista”, en el que nada humano es ajeno y que queda abierto a todos los que quieran enriquecerlo.