Opinión Julio 22, 2016

Hora de despertar

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Aunque esto pueda sonar duro, estoy convencido que los sanjuaninos nos hemos acostumbrado a vivir subvencionados.

>La reconstrucción de San Juan, luego del terremoto de 1944, nos permitió durante 25 años financiar nuestro déficit productivo. Si esta afirmación le parece exagerada, piense en la magnitud de las obras que encararon. ¿O acaso nuestra economía hubiera podido —o podría hoy— financiar la cantidad de escuelas, edificios públicos, viviendas, calles y caminos que se hicieron?

La reconstrucción brindó las fuentes de trabajo que demandaba el crecimiento vegetativo de la población. Y mediante créditos promocionales, aportes no reintegrables y ayudas financieras, se subvencionó el déficit de una economía que producía muy poco.

>Pasada esa etapa, comenzaron los problemas.

Pero algunas grandes obras, como el dique de Ullum, el acceso sur, la terminación del auditorio, el comienzo del centro cívico, la avenida de Circunvalación —todas financiadas por la Nación— nos permitieron seguir tirando.

Pero continuábamos sin preocuparnos mayormente por el aparato productivo. Nuestros mayores afanes terminaban en empresas como la CAVIC que durante cinco lustros consumió buena parte de nuestros debates políticos y nuestros escuálidos recursos.

>Dicen que a falta de pan, buenas son tortas. Y los sanjuaninos descubrimos que el Estado podía ser un buen refugio laboral. Algunos entraron en el Poder Judicial, otros en la universidad nacional, miles se desparramaron en ignotas oficinas, otros se asumieron directamente como ñoquis…

Y bueno, el dinero que ya no llegaba para financiar obras o asistir crediticiamente proyectos empresarios, comenzó a venir para nivelar las cuentas presupuestarias.

Ya nos habíamos hecho duchos en el negocio de sacarle plata a la Nación. Es así como logramos la que es la mejor relación coparticipación-número de habitantes. Y también la mejor relación presupuesto universitario-egresados.

>Cuando creíamos que ya no quedaba olla donde rascar, logramos algo que podría haber cambiado nuestra economía: las famosas promociones.

Fuimos una de las tres provincias con promoción industrial y también tuvimos diferimientos agrícolas. Dicen que empresas foráneas recibieron 900 millones de dólares en promoción y muy pocos devolvieron los fondos que les adjudicaron.

Durante varios años vivimos de los puestos de trabajo creados gracias a la promoción. Un día descubrimos que muchas de esas industrias y esos diferimientos tenían rueditas.

>No todo estaba perdido. Un día llegó la gran minería. Surgieron empresas, se pagaron buenos sueldos, hubo gente que ganó mucho dinero. El problema es que creímos que las inversiones mineras seguirían creciendo por siempre, que habíamos entrado en un circuito autosustentable. Seguimos teniendo minería pero hace tiempo que no se producen nuevas inversiones.

Hasta acá la historia. Porque mientras esto ocurría crecía el mundo de las innovaciones, del consumo.

Y nosotros, gracias a reconstrucciones, coparticipaciones ventajosas, promociones, gran minería, nos fuimos despreocupando por crear empresas sanjuaninas, por defender las que teníamos, por tener cada día mano de obra más calificada, por apostar a cientos y miles de pequeños emprendimientos.

¿Para qué preocuparnos? Mientras el dinero viniera podíamos seguir comprando afuera.

Algo similar a lo que le ocurrió a España, cuando el oro llegaba de las colonias y era una potencia. ¡Y vaya si España lo pagó caro! Mientras otras naciones crearon sus industrias y progresaron, España se estancó. Cuando se terminó el oro, comenzaron los problemas.

Lo más grave es que nos incorporamos a la gran sociedad de consumo, sin producir ni tan siquiera una parte de lo que necesitábamos.

Uno recuerda las fincas sanjuaninas, cuando el viñatero vivía al lado del parral, criaba sus cerdos, sus gallinas, sus conejos, elaboraba su pan, utilizaba su propia leña. Nunca faltaba la fruta ni la verdura.

Recuerdo la época de carneos, en mi niñez. Las fincas que rodeaban San Juan se vestían de fiesta.

Pienso sin ir más lejos en mis abuelos, que elaboraban el pan, guardaban los embutidos en latas con grasa, colgaban los jamones. Un par de chorizos con huevos fritos y tomate constituía un manjar. Y todo se producía en la finca.

Había una economía de subsistencia que se fue perdiendo. Hoy uno vuelve a aquellas fincas y descubre que muchas de ellas están abandonadas. Los hijos trabajan en la municipalidad. El panadero, el verdulero, el lechero, pasan por la puerta o la gente viene al centro a comprar en los autoservicios.

Sí, los tiempos cambiaron. Tal vez es lógico que sea así.

Hoy, ese hijo de viñatero quiere tener su televisión por cable, su teléfono celular, está conectado a internet, envía a los chicos un colegio privado, paga la cuota del club…

Esos problemas no los enfrentaron mis abuelos.

Ellos no sabían de gas, de cloacas, muchas veces ni siquiera de luz eléctrica.

Hoy tenemos todo y todo se paga.

Y se pagan los impuestos municipales, los provinciales, los nacionales, la televisión por cable y el diario, los libros que piden a los chicos en la escuela y la patente del auto, el royalty por el uso de marcas internacionales y la luz de las calles.

Y acá estamos. Remendando los agujeros.

Aunque muchos crean que ya vendrán tiempos mejores, es hora de pensar que debemos crear esos tiempos mejores.

La calidad de vida no depende sólo del Estado.

La universidad no es un conchavo de por vida. El banco San Juan no debe ser un negocio para un señor de dudoso pasado.

Que cada uno cumpla con su papel.

El Estado brindando herramientas indispensables como un banco que de créditos promocionales, una universidad de excelencia, una escuela que califique a los que quieran trabajar, la infraestructura indispensable (energía, conectividad, caminos, aeropuertos), reglas de juego claras y estables.

Pero el resto deben hacerlo los emprendedores. No todo lo harán desde afuera. Necesitamos emprendedores grandes, chicos y medianos que aprendan a producir y competir.

Es hora, pues, que despertemos.

No nos quedemos esperando en el andén. El tren, amigos, ya no pasa por San Juan.

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SOBRE EL AUTOR

Acerca de Juan Carlos Bataller
Juan Carlos Bataller es periodista.
Preside la Fundación Bataller y conduce desde 2.002 el programa televisivo La Ventana que se emite de lunes a viernes en horario central por Telesol.
Además es columnista de El Nuevo Diario, medio que creó en 1.986 y director general de Bataller Contenidos.
Autor de una decena de libros, algunos de ellos premiados nacionalmente, fue secretario de Redacción y corresponsal en Italia y el Vaticano de Diario Clarín de Buenos Aires y redactor de Diario de Cuyo.
Participó, además en varios programas televisivos y radiales en San Juan, donde reside.
Declarado Vecino Ilustre de la Ciudad de San Juan, Juan Carlos ha recibido numerosas distinciones nacionales y provinciales y muchas de sus obras han sido declaradas de interés provincial.
Hincha de River, fanático de San Juan, coleccionista de historias y amante de sobremesas con gente inteligente, Bataller es técnico minero y pasó por las aulas de Ingeniería y Derecho antes de enamorarse de la profesión de periodista, un "metejón" que ya superó las cuatro décadas.

SOBRE EL BLOG

Periodismo y algo más
No hay dudas que el periodista es un historiador del futuro. En las filmaciones, grabaciones y escritos de hoy hurgarán dentro de algunas décadas jóvenes intelectuales apasionados que intentarán explicar la historia de estos años.
Pero atrás de lo que se escribe o dice, hay miles de historias, anécdotas y aspectos de la vida cotidiana que seguramente estarán ausentes de las futuras crónicas por el simple hecho de que nadie las contó.
Unir las opiniones y entrevistas a la historia menuda es lo que se propone este blog “Bataller intimista”, en el que nada humano es ajeno y que queda abierto a todos los que quieran enriquecerlo.