Opinión Julio 15, 2016

No hay un solo mundo

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Imagine a un hombre en Mogna, en la soledad del paisaje, en el silencio del lugar.

Imagínelo con sus costumbres, sus hábitos, sus conocimientos, su cultura, sus conceptos, sus creencias, sus problemas.

Ahora busque a ese hombre en otros hombres.

Trasládese mentalmente a un kibuts de Israel.

Y luego a un barrio palestino.

Merodee por una favela brasileña o un piquete de La Matanza.

Observe a una familia inglesa tomando el té a las cinco de la tarde.

Y luego viaje hasta Africa para asistir a una ceremonia de circunscisión femenina.

Si la imaginación le alcanza, intente confrontar sus ideas religiosas con un talibán.

Discuta de economía con un estudiante de Harvard.

Luego pretenda explicar la economía de mercado a Fidel Castro.

Póngase en la mentalidad de un traficante de drogas mexicano.

Y termine su periplo hablando de liberación femenina en Irán y de democracia en Corea del norte.

Cuando en 1989 cayó el muro de Berlín, la bipolaridad dio paso a otro concepto del mundo: la globalización. La aldea global. El mundo uno.

Algunos autores lo consideraron el triunfo definitivo de las democracias occidentales, del sistema capitalista. El fin de las ideologías.

Pero... ¿qué encerraba el concepto de globalización?

Para algunos, el libre tránsito de mercaderías y conocimientos.

Para otros, el fin de las soberanías nacionales y el comienzo de una marcha acelerada hacia una economía, una moneda, una justicia, una cultura universal.

En la agenda del mundo globalizado se inscribieron algunos temas básicos y comunes:

•La lucha contra la droga.

•El repudio al terrorismo.

•La defensa de la ecología como una forma de preservar el planeta.

•La crítica a los sistemas no democráticos.

Pero ya afloran algunas certezas.

El mundo globalizado es mucho más de lo que hasta ahora se ha pensado que era.

Ya no hay un muro que separe a unos y otros.

Ya no existen mundos políticos, económicos, étnicos o religiosos diversos.

Pero qué curioso. Mientras se habla de un mundo único se han profundizado las brechas en lo económico tanto entre las naciones como entre los individuos.

La realidad nos indica que no han desaparecido las diferentes concepciones del mundo.

Y que ya no hay espacios limitados para los conflictos.

En Buenos Aires puede volar por los aires un edificio. Pero también en Nueva York o en Estambul

En el mismo mundo coexisten conceptos muy distintos sobre lo que es la cultura, la ideología, el valor de cada vida.

Y esto no se resuelve con leyes, decretos o poderío militar.

¿Puede importarle la pena de muerte a alguien dispuesto a estrellarse con un avión para cumplir con un objetivo?

¿Puede amedrentarlo el más sofisticado sistema misilistico a un extremista que es capaz de concretar un magnicidio armado sólo con un cuchillo de porcelana?

Y afloran problemas impensados hasta ahora.

¿Cómo compatibilizar la necesidad de informatizar los procesos educativos cuando los problemas más acuciantes en muchos países pasan por dar de comer en las escuelas para evitar la deserción?

¿Como brindar igualdad de posibilidades al chico que lava coches con el que puede estudiar?

¿Cómo ofrecer todas las garantías y los derechos a quien drogado y con un arma no le importa matar por 20 pesos?

¿Cómo aprender de profesores que nunca comprendieron otras realidades distintas al metro cuadrado donde desarrollan su vida y su trabajo?

¿Cómo imponer iguales recetas a países culturalmente distintos?

¿Cómo despertar a través de los medios masivos idénticas espectativas ante sociedades con realidades distintas?

¿Cómo alentar sin medida el proceso tecnológico que desplaza mano de obra cuando hay naciones que lo único que poseen es esa mano de obra barata?

El mejor ejercicio en estas horas pasa por pensar en lo que estamos viviendo.

Advertir que la guerra y la paz, la riqueza y el hambre, el siglo XVIII y el nuevo milenio, la ignorancia y la sabiduría, el fanatismo y la tolerancia, están acá, entre nosotros. Y en cada sitio del mundo.

Aunque vivan en ese mismo mundo el ciudadano de Mónaco que tiene una esperanza de vida al nacer de 90 años o un europeo que tiene un promedio de 82 con el niño que nace en Afganistan o Sudáfrica que en promedio vivirá 50 años.

Ya no estamos nosotros acá y los otros lejos.

Todos convivimos en este mundo globalizado.

Aunque cada día las realidades sean más distintas.

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SOBRE EL AUTOR

Acerca de Juan Carlos Bataller
Juan Carlos Bataller es periodista.
Preside la Fundación Bataller y conduce desde 2.002 el programa televisivo La Ventana que se emite de lunes a viernes en horario central por Telesol.
Además es columnista de El Nuevo Diario, medio que creó en 1.986 y director general de Bataller Contenidos.
Autor de una decena de libros, algunos de ellos premiados nacionalmente, fue secretario de Redacción y corresponsal en Italia y el Vaticano de Diario Clarín de Buenos Aires y redactor de Diario de Cuyo.
Participó, además en varios programas televisivos y radiales en San Juan, donde reside.
Declarado Vecino Ilustre de la Ciudad de San Juan, Juan Carlos ha recibido numerosas distinciones nacionales y provinciales y muchas de sus obras han sido declaradas de interés provincial.
Hincha de River, fanático de San Juan, coleccionista de historias y amante de sobremesas con gente inteligente, Bataller es técnico minero y pasó por las aulas de Ingeniería y Derecho antes de enamorarse de la profesión de periodista, un "metejón" que ya superó las cuatro décadas.

SOBRE EL BLOG

Periodismo y algo más
No hay dudas que el periodista es un historiador del futuro. En las filmaciones, grabaciones y escritos de hoy hurgarán dentro de algunas décadas jóvenes intelectuales apasionados que intentarán explicar la historia de estos años.
Pero atrás de lo que se escribe o dice, hay miles de historias, anécdotas y aspectos de la vida cotidiana que seguramente estarán ausentes de las futuras crónicas por el simple hecho de que nadie las contó.
Unir las opiniones y entrevistas a la historia menuda es lo que se propone este blog “Bataller intimista”, en el que nada humano es ajeno y que queda abierto a todos los que quieran enriquecerlo.